Friday, September 02, 2005

Trabajo con excelencia

Trabajo con excelencia


El mundo profesional es muy complicado. En esto estaremos todos de acuerdo. Y también en que el trabajo ennoblece al ser humano, a todos y cada uno de nosotros. Y en que el aburguesamiento en la labor profesional lleva habitualmente al fracaso, tanto individual como familiar y laboral.

Sostenía Jean Jacques Rousseau que el trabajo constituye un deber imprescindible para el hombre. Rico o pobre, fuerte o débil, todo holgazán es un ladino, según el pensador francés del siglo XVIII. La ociosidad es una ofensa a la misma humanidad en tanto que el trabajo aleja de las personas tres grandes y espantosos males: el tedio, el vicio y la miseria, y contribuye al progreso de las naciones y al bienestar social. Como consecuencia, Rousseau afirmaba que el hombre feliz es el que trabaja y pugna por realizar su trabajo con excelencia.

Y cierto es que todo trabajo lleva en sí su recompensa, alegra el espíritu, proporciona la economía necesaria para sobrevivir y evita que la existencia sea cruelmente solitaria. Sin embargo, cuando el quehacer profesional absorbe completamente, ya no resulta tan provechoso. El trabajo debe enriquecer al que lo realiza y permitirle ejecutar otras actividades nobles e importantes, como atender a la familia, practicar algún deporte, fomentar las amistades, el enriquecimiento cultural y un tiempo, necesario –y quizá hoy más necesario que nunca–, para la contemplación, para poder encontrarse con uno mismo y con Dios.

El ser humano es multifacético. No tenemos una sola dimensión. Pero hoy parece que vivamos sólo para el placer, para el trabajo o para el dinero. Y parece que estamos contagiados de la espiral de desconcierto que predomina la sociedad en que vivimos. Y esto resulta preocupante.

Clemente Ferrer Roselló

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